5 – La caída del paraíso


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Matriarcado, Matriarcalismo, Matrilinialidad y Matríztico

 

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El feto en el vientre – Leonardo da Vinci

En esta segunda parte entraremos de lleno sobre el tema que nos compete, la Fraternidad. Por eso vamos retomar el devenir evolutivo que tuvieron las redes sociales de interacción directa, desde los sistemas sociales proto humanos para terminar con la inauguración de lo que se da por llamar la "historia de la humanidad". En consecuencia sería necesario comenzar por hacer una distinción de lo que significan algunos términos que vamos a utilizar para plantear el problema. Estas palabras son matriarcado, matriarcalismo, matrilinialidad y matríztico porque de ellas se heredan las tradiciones asociativas que poseemos los humanos hoy en día.

La mayoría de las protosociedades eran matriarcales o al menos matrilineales, que en términos de red social se corresponden con estructuras de red distribuidas, en donde todos están relacionados con todos con lo cual, en general, el vínculo libidinal se mantenía de esta misma forma o de manera segmentada de acuerdo a un proceso que respondía a la selección natural, típico de las sociedades agrícolas.

Sin embargo, este proceso que significó el tránsito desde un mundo puramente material al mundo de lo humano tal cual lo conocemos ahora, si bien es lineal, no es homogéneo. Mientras el sistema patriarcal estaba totalmente desarrollado en la Europa del siglo XV, en América precolombina subsistían sociedades, y aún persisten hoy, centradas en redes distribuidas donde la centralización y el acopio no estaban presentes. A tales estructuras sociales se las asocia con el matriarcalismo

Es curioso, pero la diferencia que existe entre los términos matriarcado y patriarcado no está muy clara, máxime si consideramos que en las culturas con ascendencia grecorromana, el matriarcado casi ha desaparecido. Por ese motivo hay una tendencia a asociar matriarcado con una suerte de opuesto del patriarcado, asignándole el mismo orden jerárquico que se establece para el caso de una cultura centrada en el hombre-padre, pero ubicándola con centro en la mujer-madre. Esta simplificación lleva a que muchos antropólogos se nieguen a afirmar que “exista” una tradición social de matriarcado centrada en una autoridad femenina. Esa negación tiene origen en una falta de constatación fáctica que respalde este hecho.

A pesar de esto, lo que sí existió y existe todavía es la posibilidad de establecer un orden matriarcal con características propias. Ya no se habla de matriarcado como una versión femenina del patriarcado, (concentración y acopio en manos de una mujer), sino que se habla de sociedades matrialcales o de matriarcalismo para referir a un orden esencialmente creativo, con características femeninas: la madre tierra como matriz generadora.

Afortunadamente todavía encontramos algunos sistemas matriarcales entre los muchos pueblos patriarcales del mundo actual. Uno de los ejemplos más notorios de este tipo de estructura social es el de los indios Wayúu que viven en la península de la Guajira, a lo largo de la frontera entre Colombia y Venezuela.

En un reportaje que le hace Yamid Amat a la congresista indígena colombiana, Orsinia Polanco Jusayú comenta que “la sociedad wayúu es el grupo étnico más importante de Colombia; es una de las pocas etnias del continente americano que resistieron con éxito a la dominación europea y es, además, la única cultura matriarcal del país”.

Por su parte Orsina aclara algunos puntos salientes de las tradiciones de su comunidad, dice:“la mujer, además de ser responsable de todas las actividades en la comunidad, es un ser casi sagrado. Si hay una guerra, por ejemplo, a la mujer no la pueden matar. La familia paterna también tiene unos derechos y unos deberes pero no son tan fuertes como los de la materna”.

Nos hace ruido en la cabeza saber que cosas como estas estén sucediendo en el mundo en este mismo momento y decimos esto luego de ser testigos de la costosa lucha que han llevado adelante mujeres del mundo occidental para reivindicar sus derechos a través de la historia. Pero los Wayúu no son la única etnia que mantiene esta forma de organización social, muchos otros pueblos originarios latinoamericanos conservan vivas estas tradiciones. Sin ir más lejos, en la Bolivia de Evo Morales, comienzan a reaparecer ahora pueblos que presentan este tipo de características y que por siglos habían sido inhibidos de visibilidad política. Estos casos son ejemplos vivos, no sólo de lo que ha sido históricamente lo matriarcal como organización social, sino de lo que se puede apreciar de su cultura como posibilidad real para una organización política y social en el mundo moderno. El Parlamento Indígena es un ejemplo de esto. La participación de la mujer en sindicatos y organizaciones políticas y sociales –entre otras- son rasgos propios de estas sociedades matriarcales y están allí. No son una utopía, sino muy por el contrario, son ejemplos vivos de una organización posible.

Tal es el caso que abordan los filósofos Andrés Ortiz-Osés y Franz-Karl Mayres quienes se abocan al estudio de lo que denominan: el Matriarcalismo vasco. Desde un principio los autores se niegan a hablar de “matriarcado” ya que esa palabra denota una versión femenina de patriarcado. Mientras la palabra matriarcado lleva implícita una imposición autocrática desde lo femenino, el matriarcalismo es una estructura psico-social centrada en el símbolo de la Madre/Mujer y su proyección a la Madre Tierra/Naturaleza divinizada, la Pacha Mama. En el matriarcalismo la figura femenina no aparece como competidora del hombre sino como productora-generadora de todo lo que existe sobre la tierra y para eso necesita del hombre, por que es el hombre el que la hace producir. El hombre es su colaborador en la empresa creativa.

El ejemplo del matriarcalismo vasco

El primer problema es la necesidad de explicar el concepto “matriarcal” para que pueda diferenciarse patriarcal. A tal fin los autores echan mano de un cuadro categorial muy oportuno basado en los "tipos ideales" weberianos, que extrajimos del libro Matriarcalismo vasco: Reinterpretación de la cultura vasca.

El cuadro tiene las limitaciones propias de los tipos weberianos, pero en este caso se cumple su principal virtud, que es poder establecer un marco de comparación entre una cultura y otra. Los tipos hablan por sí solos y se aplican tanto a un tipo de cultura como la matriarcal vasca, principal objetivo de los autores, como a muchas otras culturas centradas en la mujer-madre que existieron o que aún hoy persisten. Cabría una discusión más en profundidad sobre cada categoría pero creemos que el solo hecho de presentarlas conforma un buen disparador del debate.

Matriarcal-Natura (= Vasco)

Patriarcal-Racionalismo

Comunalismo (Comunidad)

Individualismo (Sociedad)

Naturalismo

"Culturalismo"

Fijación a Madre-Naturaleza

Fijación a Padre-Ley

Fijación a la tierra-familia-clan

Fijación razón-Estado

Irracionalismo (magia, mito, utopía)

Racionalismo (el presente-dado)

Socialismo tribal (lo autóctono)

Universalidad (igualdad formal)

Elementarismo-no verbal

Abstracto-verbal

Religiosidad

Secularización

Conflicto de autoridad

Autoridad paternalizada

Lo agrario retroprogresivo

Lo progresivo-urbano

Lo sensible general-ilimitado (panteísmo)

La idea delimitadora

Material-Potencia

Forma-Acto

El Destino (libertad como necesidad)

La libertad formal

La familia

Aislamiento

Derecho natural

Derecho civil

La costumbre (fueros)

La ley

El devenir (cíclico)

El ser (lo lineal)

El verbo (dinámico)

El nombre (estático)

El tiempo, la Madre, lo oscuro

El espacio, el día, lo claro

Confianza en la Madre Natura

Desconfianza en la vida, miedo a Dios

El principio femenino de la vida: totalización de sentido

Principio masculino

La existencia concreta

La esencia

La oral-asuntivo (txokos…)

Lo anal-agresivo

Constitución de fratrías (homosexualidad)

Represión de la homosexualidad

La mujer omnipotente/bruja (ambivalencia)

La mujer como "complemento" del hombre

Igualdad de sexo (el hombre salvado por la mujer)

Heroísmo patriarcal (el héroe caballeresco salva a la mujer)

Cosmomorfismo

Antropomorfismo

Lo auditivo-táctil

Lo visual-ascensional

Sedentarismo

Nomadismo

Ritualismo (folklore, simbolismo)

Ética formal (principios)

Totemismo: dicotomías rígidas bueno/malo

Flexibilidad (distinción)

Estructura social ligadora

Desarraigo de estratos sociales

Valores trans-personales

Valores personal-existenciales

Identidad grupal

Inindentidad

Corporativismo (sociedad = cuerpo)

Distinción yo/sociedad

Unitarismo (espíritu/materia, Dios/hombre)

Separación (es/m, Dios/hom)

Catolicismo (la Iglesia-Corporación)

Protestantismo (racionalización)

Como se podrá apreciar, una columna no se yergue como lo contrario de la otra, cada una tiene sus características propias que en conjunto definen identidades culturales totalmente diferentes. Podríamos seguir puntualizando algunas otras categorías pero la idea que nos dan los autores son lo suficientemente ilustrativas como para que nos quede claro que el matriarcalismo se centra en el clan, que está preocupado por la sostenibilidad de la especie y del planeta, que se encuentra inmerso en la ecología y prioriza lo grupal a las individualidades, que la tradiciones se hacen a través de la madre por lo que lo inmóvil se convierte en dinámico, que es el ser quien da paso a un continuo devenir del siempre y que el derecho civil y la ley se convierten en costumbre y derecho natural. Sin embargo dos tipos que deberían aparecer no figuran en la lista y creemos que son fundamentales, porque hacen a la circulación de los flujos dentro de la red; estas diferencias hacen a la Ley Constructal:

  • El primero es que mientras el matriarcalismo es distribuidor, el patriarcalismo es acopiador.
  • El otro es que mientras en una sociedad matriarcal se facilita la circulación de los flujos, en la patriarcal se tiende a controlarlos.

Podríamos someternos a un autotest y puntear uno a uno cada punto haciendo una cruz en donde nos vemos mejor representados, seamos hombres o mujeres. Tendremos sin duda más cruces en una columna que en la otra y lo más probable es que no nos reconozcamos como totalmente matriarcales o totalmente patriarcales. También podría ser que nuestras cruces nos estén representando de un lado y nuestras preferencias estén del otro. En esta sección pretendemos justamente eso, abrir las posibilidades de nuestro accionar social para ubicarlo más en línea con lo que preferimos, y así aportar a la realización de una vida más coherente.

Lo matríztico

Si hubo un tiempo en la evolución de lo humano donde prevaleció la estructura originaria de tipo matriarcal. ¿Cómo es que se repliegue tanto, hasta casi su extinción y por qué? ¿Por qué de tener un sistema social basado en una estructura de red distribuida, pasamos a un esquema totalmente centralizado y cómo es que se produjo ese tránsito?

En su conferencia La democracia es una Obra de Arte, organizada por el Instituto para el Desenvolvimiento de Democracia Luis Carlos Galán, en Colombia, el biólogo chileno Humberto Maturana establece una diferencia histórica y fundamental que se produce en el tránsito evolutivo desde las sociedades primitivas matriarcales hacia el patriarcalismo, e introduce un nuevo término a la serie: lo “matríztico”.

Nos dice:

“Cuando el patriarcado pastor llegó se produjo un encuentro violento entre la cultura patriarcal y la cultura matríztica, que eran diametralmente opuestas. Mientras que en la cultura patriarcal había apropiación en la otra no la había; mientras que en la cultura patriarcal había signos de jerarquías, en la cultura matríztica no había signo de jerarquías; mientras que la cultura patriarcal estaba centrada en la guerra, la matríztica no. […]

Aunque podríamos agregar estas características al cuadro, Maturana acuña un neologismo, lo matríztico, que significa una sociedad centrada en la matriz. ¿Por qué necesita de un nuevo vocablo, si existían los otros? Necesitaba, creemos, de un término genérico, originario, que tenga más que ver con lo creativo, con lo que engendra, con lo constitutivo, con la madre, con el molde, con una estructura del tipo fractal. De todas formas, el biólogo debe haberse enfrentado con la misma realidad que Ortiz-Osés y Mayres, la necesidad de aislar el concepto de una posible exposición a preconceptos equívocos. Necesitaba un punto de partida para explicar la evolución de los sistemas sociales, un origen común de los géneros donde no existieran las diferencias sociales entre hombres y mujeres. Su visión es un aporte evolutivo desde la óptica de la biología.

Por ese entonces los seres humanos primitivos no se habían involucrado en cuestiones de géneros; hombres y mujeres se complementaban en pie de igualdad. Por entonces respondíamos a los comportamientos de los simios mayores, a las redes sociales dunbarnianas. Eso explica porque una vez impuesta la centralidad, con la evolución de los cerebros y del habla, la cultura genérica de la matriz fuese relegada hacia el patio trasero, hasta que en el último estadio de la evolución humana es sustituida casi en su totalidad:

  “cuando la cultura patriarcal englobó a la cultura matríztica, mataron a los hombres [matrízticos] y los guerreros patriarcales se apropiaron de sus mujeres, quedando lo matríztico retenido en la relación materno infantil y lo patriarcal como la imagen externa pública.

Yo creo que las culturas no son ni de los hombres ni de las mujeres, hombres y mujeres en la cultura patriarcal son patriarcales; hombres y mujeres en la cultura matríztica son matrízticos. De modo que las mujeres al ser apropiadas por los hombres patriarcales guardaron un núcleo matríztico que aún está presente en nuestra cultura occidental.”

Lo interesante de su hipótesis es que no da por derrotada a la cultura matríztica en su totalidad, restos de ésta subyacen en el seno del hogar, especialmente durante la niñez. De allí que se puede confundir matriarcalismo y matríztico, porque mientras ambos coinciden en el domus, en relacionar el hogar con lo femenino; el matriarcalismo es un rasgo de una cultura centrada en lo femenino-madre, en cambio lo matríztico tiene que ver más con lo que engendra y crea desde un formato primitivo. Es un concepto más genérico, la matriz (the matrix) como molde de lo humano. Es por eso que todavía se pueden reconocer trazas de lo matríztico dentro de las culturas patriarcales.

El mundo matríztico, en base a lo que surge del estudio de restos arqueológicos, estaría en correspondencia con pueblos agricultores y recolectores, ya que sus tareas cotidianas se desarrollaban en un espacio común, que a su vez se debía preservar para evitar su depredación. En el primer capítulo se hizo un desarrollo sobre los espacios de uso común, y se arribó a la conclusión de que para que esos espacios se preserven como comunes debían institucionalizarse, esto es autoorganizarse de manera tal que su preservación fuera sustentable en el tiempo.  Por eso el mundo matríztico es el mundo de lo común, enemigo de la apropiación.

Siguiendo esta lógica, habrían sido los pueblos pastoriles los que habrían dado origen a la cultura patriarcal. A partir de una optimización en la técnica de la caza, los cazadores habrían desarrollado una destreza que les redundó en sobreabundancia y en el consecuente acopio de excedente, inclusive habrían desarrollado técnicas de apropiación de piezas a fin de regular la disponibilidad de las mismas a otros miembros de su sistema social. A partir de ese punto la cultura patriarcal habría desarrollado una evolución que se podría resumir en esta secuencia: acopio, propiedad privada, competencia, rivalidad-enemistad, conformación del concepto del “otro” y del “yo”, dominación, conformación del concepto de poder, centralidad.

De sostener los flujos de disponibilidades totalmente abiertos a la comunidad, se pasó a espacios de acopio donde la circulación de los recursos era intervenida en función de la exclusión y de la dominación del otro. De considerar al otro como un par, a tratarlo como un enemigo o rival a vencer, a guerrear, a someter, a subordinar y esclavizar. Para organizarse de este modo había que hacerlo de una manera distinta, entonces el espacio común habría de convertirse en la arena de la disputa y para eso había que establecer prioridades, estrategias, órdenes jerárquicos, dominación, obediencia, en definitiva centralidad y poder. Lo común, específicamente lo procomún, desaparece y es objeto de subordinación al control que ejercerá el apropiador.

A pesar de esto lo matríztico no desaparece totalmente, insiste Humberto Maturana, permanece englobado en muchos casos y en otros se conserva:

lo matríztico se conserva en la relación materno infantil. Fíjense ustedes que tanto en la relación materno infantil, como en el jardín infantil hay un continua invitación a la colaboración, a la participación, a resolver los conflictos en la conversación, a la no apropiación; allí el cuerpo es legítimo y los niños y niñas pueden andar desnudos.

“Cuando se reclama por una convivencia en el mutuo respeto, en la colaboración y no en la competencia, se dice que es utópico, que es un deseo idílico propio de infantes.

“La vida adulta es de competencia, de lucha, de defensa de los intereses, las discrepancias son conflictos, los argumentos son armas. Hacemos polémicas: la palabra polemos tiene que ver con la guerra. […]

“Pero no es un conflicto entre lo masculino y lo femenino. Sólo en la cultura patriarcal original hubo un conflicto entre lo masculino y lo femenino. Lo que vivimos en el presente como un conflicto entre lo masculino y lo femenino, es un conflicto entre lo patriarcal y lo matríztico”.  

Esto es medular en la teoría evolutiva de Maturana ya que dibuja un puente entre la sociedad primitiva bárbara y lo que nosotros conocemos como “hombre civilizado”. Lo que describe el científico chileno es el paso desde los orígenes de una cultura proto humana hasta nuestra civilización actual, paso que se puede simbolizar como el tránsito desde la infancia a la adultez. Culpa de esta metáfora se suele calificar al rasgo cultural de lo matríztico como una etapa infantil, ingenua, utópica, sin un lugar en el mundo, como rasgo social de algo que no cuajó, que quedó a medio camino, como en “una eterna adolescencia”, incluso como se verá más adelante como lo "chingado". Esto se ve mucho a la hora de calificar a las culturas latinoamericanas. Maturana marca muy bien este devenir:

“nuestros niños tienen otra dificultad fundamental, que es la adolescencia. La adolescencia es el tránsito cultural de pasar de una cultura matríztica a otra patriarcal. La cultura matríztica y patriarcal son oponentes: se crece dentro de ciertas relaciones de colaboración, de respeto y de participación, luego de lo cual se pasa a vivir en la competencia, en la negación, en la lucha”.

Desde su punto de vista lo matríztico ha quedado como una resiliencia evolutiva en la niñez-adolescencia. Las diferencias de género allí no son tales, no se debería hablar, en consecuencia, de “lo femenino” prevaleciente sobre “lo masculino” o viceversa, sino de etapas en el desarrollo biológico-cultural en donde se tiende a asociar un rasgo femenino presente en la primer etapa y otro masculino preponderante en la otra, cada uno en un momento distinto del desarrollo del humano.

El abordaje que hace Maturana sobre la adolescencia nos lleva, como referencia inmediata, a la caricaturización del macho postmoderno que hace el periodista Rolando Hanglin, como señala Paz Dubarry. Para Maturana la adolescencia es la transición de una cultura a la otra, para Hanglin el macho posmo prolonga su adolescencia indefinidamente resultando un Peter Pan que decide no terminar nunca de ser niño, sin embargo Dubarry va más allá de Hanglin cuando analiza su creación:

este hombre hijo de la posmodernidad y bautizado por el ingenio de Hanglin, [el macho posmo], es mucho más que hombre, es… un hombre femenino. Pero no es gay, ni remotamente podría serlo. Las mujeres le gustan, tanto que, de hecho, ha tomado varias conductas y hábitos que solían ser exclusivamente de interés femenino. Con él podemos ser amigas. Porque por más que sea hombre, el macho posmo entiende lo que es un buen peluquero. Y sabe por qué morimos por los dulces, elegimos comidas light y asistimos religiosamente al gimnasio. El macho posmo entiende de vanidades y de productos de belleza. No es que se pinte las uñas o se tiña el pelo, pero esta especie de fin de siglo entiende que hay mucho más que la pura y básica higiene. No lo avergüenza llorar por desgracia o emoción. El macho posmo entiende que los ovarios son símbolo de fortaleza. Entonces… ¿por qué no dejar fluir su lado femenino?”

Podríamos agregar que las mujeres están fascinadas con esta posibilidad de un macho posmo. No se trata de determinar hacia donde evolucionará nuestra sociedad actual en lo concerniente a lo femenino o masculino, esto no tendría sentido. Si hubiere una tendencia de vuelta hacia lo matriarcal, o hacia el afianzamiento de lo matríztico, daría como resultado una cultura de transición en donde el paternalismo tendría que emprender un recorrido en sentido inverso. Parece que al menos Hanglin cree que algo de esto está sucediendo. Pero es interesante analizar esa posibilidad.

La cultura matriarcal tiene una importancia meridiana entre los pueblos originarios de América, como si lo matríztico hubiese atravesado los siglos indemne, sin que la evolución hacia lo patriarcal lo hubiese tocado, tal es el caso de los indios Wayúu ya citados. Lo curioso es que distintas manifestaciones de esta cultura están resurgiendo, como es el caso de lo que sucede actualmente en Bolivia, alumbradas por el gobierno de Evo Morales. Sería interesante detenerse a analizar, ver las posibilidades que tiene lo matríztico y lo matriarcal en un mundo eminentemente patriarcal del occidente actual.

La maldición de Malinche

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Lo matríztico es una consecuencia de la asignación de rasgos maternos, de la Mater a la cultura en su totalidad. Este término evoluciona para convertirse en lo que tiene que ver con la forma generadora; con el molde más que con la madre, algo mucho más genérico. El otro neologismo, “matríztico”, viene de matriz que es un espacio anterior a la madre, la matriz es desde donde nos relacionamos con el mundo, el molde desde donde salimos para habitar el mundo antes de pertenecer al mundo. La matriz incluso genera a la madre. Como se verá en futuros capítulos, lo matríztico tiene que ver con la forma fractal, desde que su producto conserva una memoria de su origen, replicandose de esta manera y en forma secuencial hasta el infinito.

Lo más importante del modelo evolutivo maturaniano es lo que él destaca en particular: “que las culturas no son ni de los hombres ni de las mujeres, hombres y mujeres en la cultura patriarcal son patriarcales; hombres y mujeres en la cultura matríztica son matrízticos”. Se insiste en esto porque existe una tendencia a la apropiación por parte de los géneros de las respectivas culturas. Especialmente los movimientos feministas de fines de siglo pasado del suroeste de EEUU y de México, analizan lo matríztico desde una óptica feminista.

En el best seller “Mujeres que corren con los lobos” de la poeta y psicoanalista junguiana Clarissa Pinkola Estes, que pertenece justamente a la corriente mencionada en el párrafo anterior, se rescata esta versión muy completa del cuento de La Llorona.

Este mito nos introduce a la continuación de nuestro relato evolutivo sobre redes sociales, ahora centrándonos en el tránsito desde lo arcaico a lo puramente humano. Lo interesante de este proceso, es que no todo lo humano evoluciona de la misma forma, ni siquiera a la misma velocidad. Gracias a esa diversidad es que podemos encontrar una gran proporción de culturas patriarcales entre las que también persisten otras que van desde matriarcalismos puros a otros más heterogéneos.

Esta historia es muy popular en todo Latinoamérica, presumiblemente de origen mejicano pero está presente desde el sur de los EEUU hasta el sur de Argentina y Chile, la versión que la autora recrea es así:

“Un rico hidalgo corteja a una pobre pero hermosa mujer y se gana su afecto. Ella le da dos hijos, pero él no se digna casarse con ella. Un día él le anuncia que regresa a España para contraer matrimonio con una acaudalada dama elegida por su familia, y que se llevará a sus hijos.

La joven enloquece de dolor y actúa con los gritos y aspavientos propios de las locas. Le araña el rostro, se araña el suyo, le rasga la ropa y se rasga la suya. Toma a sus hijitos, corre con ellos al río y los arroja al agua. Los niños se ahogan, La Llorona cae desesperada de rodillas en la orilla del río y se muere de pena.

El hidalgo regresa a España y se casa con la rica. El alma de La Llorona asciende al cielo. Allí el guardián de la entrada le dice que puede ir al cielo, pues ha sufrido mucho, pero no podrá entrar hasta que recupere las almas de sus hijos en el río.

Y por esta razón hoy se dice que La Llorona recorre la orilla del río con su largo cabello volando al viento e introduce los largos dedos en el agua para buscar en el fondo a sus hijos. Y por eso también los niños no deben acercarse al río cuando se hace de noche, pues La Llorona los podría confundir con sus hijos y llevárselos consigo para siempre.”

Hay varias versiones e interpretaciones del mito, incluso hay un contexto histórico en donde la leyenda de La Llorona se convierte en una fuente inagotable de significantes. Por eso, para no caer en el lugar común de analizarlo desde una óptica de género, o incluso para no considerar sólo su aspecto psico-social, antes de cualquier análisis vamos a remitirnos al hecho histórico de que muchos autores coinciden que este relato es la fuente del mito, o al menos, la fuente que dio al mito sus ropajes más recientes.

En un trabajo de Bonnie Holmes, “La visión de la malinche: lo histórico, lo mítico y una nueva interpretación” contextualiza al mito en toda su dimensión y en él cree encontrar “una clave para entender la fuente de la identidad mexicana”. Esto es lo más fuerte del mito, ya que existe la creencia de situar al mito como el rasgo central de la transición entre la cultura mejicana precolombina, podríamos decir de la gran mayoría de los pueblos originarios, y la actual cultura americana (América post colonial). “Se trata de un ser [la Malinche] que se ha instalado en la memoria colectiva como un símbolo maldito y ambivalente: es el arquetipo de la traición a la patria y al mismo tiempo la madre simbólica de los mexicanos, el paradigma del mestizaje” cita Holmes a Cristina González-Hernández en su libro Doña Marina (La Malinche) y la formación de la identidad mexicana.

Relata Holmes que en el contexto histórico del mito, La Malinche era una mujer indígena, Malintzin, de familia de padres ricos emparentados con el señor del lugar (Xalixco) quien fue secuestrada y esclavizada para luego terminar junto con otras 19 mujeres en las manos de Hernán Cortés y sus soldados durante uno de los primeros encuentros entre los indígenas y los españoles en el "Nuevo" Continente. Cortés la toma como su amante y traductora para que haga de vínculo entre los indios y él, incluso llegó a tener un hijo con ella. Malintzin es impuesta de un nuevo nombre, Marina. Lo acompaña en toda la conquista cumpliendo un papel de secretaria y a su vez de aliada en la lucha contra los aztecas que oprimían a su propio pueblo. Para ese entonces la india había sido bautizada, e incluso algunos historiadores de la época le adosaban el título de Doña a su nombre cristiano Marina.

Sobre el mito, dice Holmes, que a partir del hecho real se han desarrollado esencialmente dos versiones La llorona y La chingada. En su cita a González-Hernández aclara: “La Chingada es una elaboración mestiza cuyo origen no podemos precisar, mientras que la Llorona es una reinterpretación cultural de las diosas del México prehispánico efectuada en la época colonial. Ambas son testimonio de la fuerza extraordinaria con que la Malinche sobrevive en la memoria colectiva mexicana”.

Esta vez es a Octavio Paz en su “Laberinto de la soledadquién aclara el tema del la chingada de una forma sin par:

“Toda la angustiosa tensión que nos habita se expresa en una frase que nos viene a la boca cuando la cólera, la alegría o el entusiasmo nos llevan a exaltar nuestra condición de mexicanos: ¡Viva México, hijos de la Chingada! […] Con ese grito, que es de rigor gritar cada 15 de septiembre, aniversario de la Independencia, nos afirmamos y afirmamos a nuestra patria, frente, contra y a pesar de los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los demás son los "hijos de la chingada": los extranjeros, los malos mexicanos, nuestros enemigos, nuestros rivales. En todo caso, los "otros". Esto es, todos aquellos que no son lo que nosotros somos. Y esos otros no se definen sino en cuanto hijos de una madre tan indeterminada y vaga como ellos mismos.

“¿Quién es la Chingada? Ante todo, es la Madre. No una Madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La Chingada es una de las representaciones mexicanas de la Maternidad, como la Llorona o la "sufrida madre mexicana" que festejamos el diez de mayo. La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre. Vale la pena detenerse en el significado de esta voz. […]La voz y sus derivados se usan, en casi toda América y en algunas regiones de España, asociados a las bebidas, alcohólicas o no: chingaste son los residuos o heces que quedan en el vaso, en Guatemala y El Salvador. [… ]Chingar también implica la idea de fracaso. En Chile y Argentina se chinga un petardo, "cuando no revienta, se frustra o sale fallido". Y las empresas que fracasan, las fiestas que se aguan, las acciones que no llegan a su término, se chingan. En Colombia, chingarse es llevarse un chasco. En el Plata un vestido desgarrado en un vestido chingado. En casi todas partes chingarse es salir burlado, fracasar.

“La idea de romper y de abrir reaparece en casi todas las expresiones. La voz está teñida de sexualidad, pero no es sinónimo del acto sexual; se puede chingar a una mujer sin poseerla. Y cuando se alude al acto sexual, la violación o el engaño le prestan un matiz particular. El que chinga jamás lo hace con el consentimiento de la chingada. En suma, chingar es hacer violencia sobre otro. Es un verbo masculino, activo, cruel: pica, hiere, desgarra, mancha. Y provoca una amarga, resentida satisfacción en el que lo ejecuta.

“Lo chingado es lo pasivo, lo inerte y abierto, por oposición a lo que chinga, que es activo, agresivo y cerrado. El chingón es el macho, el que abre. La chingada, la hembra, la pasividad, pura, inerme ante el exterior. La relación entre ambos es violenta, determinada por el poder cínico del primero y la impotencia de la otra. La idea de violación rige oscuramente todos los significados. La dialéctica de "lo cerrado" y "lo abierto" se cumple así con precisión casi feroz. […] El verbo chingar indica el triunfo de lo cerrado, del macho, del fuerte, sobre lo abierto”.

Luego Paz entra en elucubraciones sobre el ser mexicano en una suerte de dialéctica del amo y el esclavo hegelianaPara el mexicano la vida es una posibilidad de chingar o de ser chingado. Es decir, de humillar, castigar y ofender. O a la inversa. Esta concepción de la vida social como combate engendra fatalmente la división de la sociedad en fuertes y débiles”.

Ante el temor a la muerte o a la humillación, los pueblos latinoamericanos optan por la humillación para seguir viviendo, como un rasgo típico de pertenencia a la cultura matríztica. El principio arcaico de “Permanencia” prevalece al de “Afirmación”. Esto desencadena la contradicción de ser hijos y mantenerse vivos pero como hijos ilegítimos, mestizos, chingados, que no pueden afirmarse, pese a haberles dado lucha a los conquistadores. Son los genes españoles los que invaden la sangre indígena y se imponen. Estos arcanos, naturalmente en equilibrio, pierden su simetría y esto provocará consecuencias imprevistas y definitivas en la idiosincrasia de los pueblos originarios. Lo mestizo

La dialéctica del amo y el esclavo

El filósofo José Pablo Feinmann explicando a Hegel dice:

La dialéctica del amo y del esclavo plantea el origen de la historia. Cómo empieza la historia. Quizá uno nunca no se preguntó esto, pero el origen de la historia en realidad sigue siendo el origen de las relaciones humanas. Para Hegel la historia comienza cuando se enfrentan dos deseos, dos conciencias deseantes. El deseo humano desea deseo, […] el animal desea cosas y las cosas que desea en general se las come. El hombre no desea cosas, la conciencia es deseo”.

En Hegel el amo es la potencia sobre el esclavo, el siervo es un objeto para el señor, el esclavo no es nada por sí mismo, es la nada. Para hacerse del gozo, para satisfacer sus placeres el amo se apodera del esclavo y lo somete y al hacerlo pierde su independencia ya que su gozo está mediado por el esclavo. El amo depende de la cosa, y la dependencia justamente consiste en negar su apetencia de gozar de ella. El señor goza, pero al gozar de esta forma no plena, impura, quasi onanista, necesitará cada vez más sometimiento para satisfacerse, lo que lo convertirá en un chingón que lo hará totalmente dependiente de la chingada. Sigue Octavio Paz:

“La Chingada es la Madre abierta, violada o burlada por la fuerza. El "hijo de la Chingada" es el engendro de la violación, del rapto o de la burla. Si se compara esta expresión con la española, "hijo de puta", se advierte inmediatamente la diferencia. Para el español la deshonra consiste en ser hijo de una mujer que voluntariamente se entrega, una prostituta; para el mexicano, en ser fruto de una violación. […] Su mancha es constitucional y reside, según se ha dicho más arriba, en su sexo. Esta pasividad abierta al exterior la lleva a perder su identidad: es la Chingada. Pierde su nombre, no es nadie ya, se confunde con la nada, es la Nada. Y sin embargo, es la atroz encarnación de la condición femenina.

“Si la Chingada es una representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias. El símbolo de la entrega es doña Malinche, la amante de Cortés. Es verdad que ella se da voluntariamente al Conquistador, pero éste, apenas deja de serle útil, la olvida. Doña Marina se ha convertido en una figura que representa a las indias fascinadas, violadas o seducidas por los españoles. Y del mismo modo que el niño no perdona a su madre que lo abandone para ir en busca de su padre, el pueblo mexicano no perdona su traición a la Malinche. Ella encarna lo abierto, lo chingado, frente a nuestros indios, estoicos, impasibles y cerrados. […] De ahí el éxito del adjetivo despectivo "malinchista", recientemente puesto en circulación por los periódicos para denunciar a todos los contagiados por tendencias extranjerizantes. Los malinchistas son los partidarios de que México se abra al exterior: los verdaderos hijos de la Malinche, que es la Chingada en persona. De nuevo aparece lo cerrado por oposición a lo abierto”.

Como conclusión volvemos a la síntesis del trabajo de Holmes cuando cita a Carlos Fuentes en la obra de teatro “Todos los gatos son pardos”. Dice que en la primera escena aparece la Malinche y se dirige a los espectadores explicando los tres nombres que le han puesto; Malintzin, otorgado por sus padres, Marina, provisto por su amante, y Malinche conferido por su propia gente. Manfiesta que como diosa, amante o madre tiene licencia de contar la historia de la Conquista de México, debido a que fue una de sus protagonistas principales, la madre simbólica de una raza nueva. Algunos la han elevado al nivel de una diosa, mientras otros sólo la consideran como una puta. Además, su propia gente la llama traidora por ser la traductora y guía del hombre blanco.

Sólo nos cabe hacer dos aclaraciones. Traemos la metáfora de La llorona y su enclave histórico durante la conquista de México, como la configuración del paso desde lo matríztico hacia la historia de la civilización. Este paso está documentado por los cronistas de Cortés, la historia lo registra, es un hecho constatable, cercano; pero es perfectamente transportable a cualquier pueblo de América.

La segunda aclaración es el contexto nacionalista que Paz le da al tema. Si la Malinche representa la raza nacida de la violación de la conquista, sus hijos mestizos llevan consigo el lastre de la violación. Una suerte de amor y odio que se mezclan y refritan en la idea de “nacionalismo”, visto como la división fantástica que separa el nosotros del ellos. Esta matriz nacional que se instala con la independencia de los pueblos americanos luego de su independencia, se apropia del mito para disciplinar a un pueblo que por fin se logra desprender de su agresor, su padre. A partir de allí la política hace el resto. Esta lógica se repite a lo largo de toda Latinoamérica.

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  1. Renato
    noviembre 24, 2009 en 4:12 am

    Hola
    Mi nombre es Renato Dennis y soy poeta. Llegué a tu libro buscando información sobre la matríztica y tras haber leído los capítulos de tu texto, me gustaría aclararte algunos puntos. El termino “matriztica”, no proviene de Humberto Maturana, sino de la arqueologa lituana Marija Gimbutas, quien acuña el neologismo para referirse a la vieja Europa matrilineal del paleolítico.
    Cuando hablas de Morgan y Engels para situar los diferentes tipos de gens, olvidas mencionar al pionero y maestro absoluto de “lo matríztico”, me refiero a Johann Jakob Bachofen, abogado suizo “descubridor” de nuestro pasado femenino ancestral. Es Bachofen, quien heurísticamente, en base sòlo a las lecturas de los clásicos de todas las culturas, alumbra las huellas ginecocráticas del mundo, en su obra magna, “El matriarcado (o El Derecho Materno)”.
    Para un panorama global de este tema, te recomiendo el mibro de Claudio Naranjo, “La agonía del patriarcado”.

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